No es ninguna novedad que la Iglesia Católica jugó un rol central de espionaje y entrega de muchos detenidos desaparecidos en la Dictadura. Inclusive, la cercanía con los militares, la bendición de armas, es algo que ha sido extensamente estudiado por los dedicados a la materia.
Gualeguaychú no fue la excepción, pero como en todos los ámbitos de la vida, hay matices. Ni todos son malos, ni todos son buenos.
El cura Fortunato fue uno de los buenos: el que se preocupaba por los presos, el que se animaba a denunciar las torturas y vejaciones, poniendo su propia cara.
Daniel Irigoyen lo recuerda con mucho amor, a aquel sacerdote que puso la sotana a disposición, para entrar cartas, comida y hasta alguna ropa limpia.
Cuando la sotana ya no le alcanzaba, usó una capa; porque eran tantas las cosas que traía, que tenía miedo a que los militares lo descubrieron”.
En el año 74-75, estaban los directores viejos de la cárcel, pero cuando llegaron los militares, las requisas se pusieron mucho más estrictas.
En una sala que antiguamente fue barbería, el cura Fortunato hablaba con todos y cada uno de los presos. Era un correntino simple y hasta inocente, que se preocupaba y ocupaba de todos.
Él llevaba cartas y hasta insumos para que los presos realicen manualidades. Era un hombre “que decía lo que le parecía”, dijo Irigoyen, tratando de retratar a aquel sacerdote que se jugaba por el bienestar de la gente.
Fortunato sobrevivió a la Dictadura, y murió viejito, pero en el amor de las personas que ayudó, sigue vive un sentimiento de compañerismo y solidaridad.
Pero también había de los otros, de los curas que escuchaban, anotaban y contaban. Detrás de una pequeña ventanita que daba al patio donde los presos hacían deporte, se escondía Vera, un sacerdote cómplice de la Dictadura Militar.
“El cura Vera anotaba los nombres, los sobrenombres, y muchas veces en los archivos policiales aparecían esos datos. A Enrique Guastavino le decíamos “Resorte”, porque él mismo se había articulado su sobrenombre, porque decía que de mañana temprano saltaba como Resorte. Todo el mundo tenía su sobrenombre y el Cura anotaba, y en los archivos policiales figuraba como si fuera el nombre de guerra”, recordó el ex preso político, Daniel Irigoyen.
En diciembre de 1975 se produjo un cambio rotundo en la vida en la cárcel. Tras el asesinato del General Cáceres Monié, se endureció todo.
También se vivió la llegada de un joven cura Jeannot, pero él estaba muy lejos de ser el Jeannot que hoy vive en toda la comunidad de Gualeguaychú. Fortunato y Vera, serán para siempre los curas que marcaron la vida muros adentro de la Unidad Penal de la ciudad.