POR MÓNICA FARABELLO
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VIDEO: @HISTORIAENMINUTO
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Pablo “Pholo” Echeverría, activista de Gualeguaychú y estudiante de Abogacía, relató a GUALE DIGITAL cómo atravesó más de cuatro años en un espacio al que sus padres lo llevaron buscando “una solución para su homosexualidad”. “Ellos entendían que yo debía curarme” y “era un problema que debía solucionarse”, contó Pholo repasando unas de las historias más traumáticas de su vida.
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Pero para entender los orígenes de Pholo y su familia, hay que remontarse al mismísimo Patico Daneri, quien fue el bisabuelo de Pablo “Pholo” Echeverría. Uno de los hombres que, sin dudas, dejó una huella imborrable en la salud y la ciudadanía gualeguaychuense.
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En esta familia tradicional y de raíces religiosas, Pholo atravesó el rechazo de su núcleo más cercano. La violencia psicológica marcó su historia y el proceso de reconstrucción de su identidad aún sigue vigente, a más de una década de aquellos días de “la terapia de la tortura”.
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Hay dolores que no nacen del rechazo de un desconocido, sino de quienes deberían ofrecer refugio. Para Pablo Ignacio Echeverría, conocido como Pholo, esa contradicción forma parte de una historia que comenzó mucho antes de que pudiera ponerle nombre a su identidad y que se profundizó cuando su homosexualidad fue presentada como un “problema que necesitaba solución”.
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Hoy, como activista por los derechos de la diversidad sexual y estudiante de Abogacía, habla de aquello que durante años lo atravesó. No lo hace desde un lugar de reparación concluida, sino desde una reconstrucción que, según cuenta, lleva nueve o diez años. Su objetivo es convertir esa experiencia en una herramienta para otras personas que puedan estar atravesando situaciones similares.
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El lugar más simbólico
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La entrevista no fue en un lugar cualquiera. Esta charla profunda e íntima se dio en el Museo del Carnaval de Gualeguaychú.
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Ese espacio representa todo lo que es y quiso ser Pholo: arte y libertad, pero también un lugar donde cada persona sigue adelante con su propia historia, con sus dolores y sus alegrías.
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En ese escenario, su testimonio pone en discusión las llamadas terapias de conversión, prácticas que buscan cambiar, reprimir o eliminar la orientación sexual o la identidad de género de una persona. También abre preguntas sobre los límites de la intervención de los profesionales de la salud mental, la responsabilidad de las familias y el daño que puede producir la discriminación cuando se disfraza de ayuda.
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Aprender a esconderse
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Pholo recuerda que, cuando cursaba tercer o cuarto grado, ya sentía que era diferente de los demás. No podía explicarlo ni compartirlo. Era chico y todavía no encontraba las palabras para comprender lo que le pasaba.
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Con el tiempo, al revisar su infancia en un proceso terapéutico, comenzó a reconocer algunas de aquellas sensaciones. Las dificultades para concentrarse se mezclaban con la necesidad de mantener un perfil discreto en una escuela donde el bullying y la violencia formaban parte de su realidad.
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“Algo que era mío y yo lo tenía que cuidar para poder integrarme también en la escuela”, detalló.
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Había aprendido que debía comportarse de determinada manera para ser aceptado. No necesariamente porque hubiera elegido hacerlo, sino porque eso era lo que le habían enseñado. La diferencia, en lugar de ser una posibilidad para conocerse, se convirtió en algo que debía ocultar.
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“Fue muy difícil porque yo no quería ser así”, recuerda sobre aquella etapa.
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La situación cambió cuando su familia se enteró de su homosexualidad en el año 2012. Pholo cuenta que había conocido a un chico y que ambos fueron a una cabaña de su familia. Una vecina los vio entrar y, según reconstruye, fue quien informó a sus padres.
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Esa noche, su mamá se acercó y le preguntó: “¿Vos sos ‘eso’?”. Él respondió que sí.
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Después llegaron los gritos y el escándalo. Pholo recuerda que tuvo miedo cuando su padre se acercó a la cama, le levantó el brazo en un gesto de agresividad y le dijo que tenía algo roto, pero que eso tenía solución.
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En ese momento, su identidad dejó de ser solamente una pregunta íntima. Se convirtió en un conflicto familiar que, según su relato, estuvo atravesado por la idea de que había algo en él que debía corregirse.
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Cuando la ayuda se convierte en imposición
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En su casa había reuniones religiosas y charlas en las que se discutían situaciones personales a partir de interpretaciones de la Biblia. Pholo relaciona esos encuentros con el Opus Dei, o sectores más ortodoxos de la religión.
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Sus padres comenzaron a buscar una respuesta desde sus propias creencias. Pero ¿qué pasa cuando los intentos de ayuda se convierten en una imposición o en una manipulación?
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Pholo intenta comprender la decisión de sus padres: llevarlo a las terapias de reconversión de su sexualidad.
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“Supongo que pudieron haber actuado desde la ignorancia, el miedo o una idea de sobreprotección”, relató. Pero comprender las motivaciones de su familia no significa desconocer las consecuencias de lo ocurrido.
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“Me dijeron que por el camino de la homosexualidad iba a terminar en una zanja; relacionaban a la homosexualidad con las enfermedades, con una mala vida. Y que era un problema que había que resolver”, relata.
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La búsqueda familiar desembocó en un centro que ofrecía terapias familiares. Pholo recuerda un edificio imponente, la imagen de la Virgen María y una primera consulta en la que les propusieron un acompañamiento terapéutico familiar.
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Después lo derivaron con un psicólogo que trabajaba en el lugar. Él tenía entre 20 y 21 años y, aunque ya era mayor de edad, dice que no sentía que pudiera decidir sobre su propia vida. Confiaba en sus padres y en lo que ellos consideraban mejor para él. No había elegido estar allí.
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Durante una de las consultas, el profesional lo llevó a un espacio separado de sus padres, mientras ellos esperaban en otro consultorio. Pholo describe aquella situación como una instancia en la que se sintió observado e inspeccionado.
Le hicieron preguntas y dibujos. Al terminar, recuerda que el psicólogo se acercó a sus padres y luego se dirigió a él.
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“Deciles la verdad a tus padres”, le dijo.
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Pholo se quedó callado. No entendía qué verdad debía revelar si, según cuenta, ya había hablado de su homosexualidad. La situación le generó la sensación de que su privacidad había sido vulnerada y de que debía confesar algo que los demás esperaban escuchar.
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El proceso se extendió durante más de 4 años. Al principio, sus padres lo acompañaban en los viajes. año y medio después comenzó a trasladarse solo en colectivo a otra ciudad para asistir a las sesiones.
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Paradójicamente, recuerda esos trayectos como uno de los pocos momentos en los que se sentía tranquilo y libre, lejos de su casa. También cuenta que lloraba durante los viajes.
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Pholo recuerda una sesión como uno de los momentos más difíciles de aquel proceso. Según su testimonio, después de conversar sobre distintos temas, el psicólogo le dijo: “¿Sabés que la homosexualidad es una patología?”.
Su reacción fue preguntar por qué, si él sentía amor. Quiso continuar la conversación, pero el profesional le respondió que hablarían del tema en el siguiente encuentro. L confusión en medio de la soledad, fue total.
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Pholo cuenta que sintió un nudo en la garganta. Bajó las escaleras y se dirigió a un espacio donde se reunían otros psicólogos profesionales. Necesitaba encontrar una respuesta diferente de otro profesional en el mismo lugar, alguien que le dijera que aquello no era cierto, que no estaba enfermo.
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Una psicóloga que estaba allí, recuerda, le respondió que probablemente su psicólogo lo había considerado preparado para comunicarle ese diagnóstico.
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“No me olvido más de ese día porque viví un infierno”, contó emocionado.
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La Organización Mundial de la Salud dejó de clasificar la homosexualidad como trastorno mental en 1990. Presentarla como una patología y promover intervenciones destinadas a modificarla contradice el reconocimiento de la diversidad sexual y puede profundizar el sufrimiento de quienes ya atraviesan situaciones de rechazo.
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En la actualidad, Pholo es uno de los referentes del Corso Popular Matecito.
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En el caso de Pholo, el efecto de aquella experiencia no quedó limitado al consultorio. Al regresar a la casa de sus padres, sintió que ese lugar ya no era su hogar. Sufrió un estado de conmoción, una sensación de no poder procesar lo que acababa de escuchar y un quiebre en su identidad, absoluto. Finalmente laaa terapia de reconversión estaba llegando a su final.
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Pholo llegó a atravesar una crisis en la que pensó en quitarse la vida. Fueron treinta minutos debatiendo en su mente una de las decisiones más trágicas. Aseguró que en ese momento el cerebro colapsa como si se “pelaran los cables. Afortunadamente a mi se me pelaron para el lado de vivir”, recordó y resaltó la fe y el amor a Cristo en los momentos más duros.
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En el momento de haber tocado fondo, una amiga lesbiana se convirtió en una posible fuente de refugio. Fue la primera vez que escapó de su casa, aunque después hubo otras. “En ese proceso entendí que a mí me habían enseñado a odiarme”, resume.
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El daño que no siempre se ve
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Las terapias de conversión pueden presentarse bajo distintas formas y denominaciones. Algunas se desarrollan en ámbitos religiosos; otras recurren a discursos que se presentan como psicológicos o terapéuticos.
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El elemento central es el intento de modificar o reprimir una orientación sexual o una identidad de género que no responde a las expectativas de quienes promueven esas prácticas.
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La experiencia que relata Pholo también pone de manifiesto otro aspecto: la diferencia entre acompañar a una persona en sus conflictos y convertir su identidad en el problema que debe resolver.
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Él recuerda que necesitaba hablar de su primer amor, del bullying que había sufrido en la escuela y de las agresiones de un compañero que lo escupía y lo molestaba en la calle. Sin embargo, siente que esos temas quedaron desplazados por la insistencia en corregir aquello que los demás consideraban equivocado.
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“Lo peor de esas terapias de conversión es que no hablás o no te dejan hablar de tus verdaderos problemas”, sostiene.
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Su relato invita a preguntarse qué sucede cuando una persona llega a un espacio de atención buscando comprender su historia y encuentra, en cambio, un entorno que refuerza la vergüenza y la culpa.
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También plantea la importancia de que quienes necesitan atención psicológica puedan acceder a profesionales con formación adecuada, que respeten su identidad y trabajen sin prejuicios. Pholo recomienda consultar los colegios profesionales, verificar las matrículas y averiguar la formación de quienes ofrecen atención.
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Reconstruirse, pieza por pieza
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La historia de Pholo no termina en aquel centro ni en la ruptura con su familia. Después de atravesar situaciones que describe como devastadoras, al irse definitivamente en el año 2017 comenzó un proceso de reconstrucción que continúa hasta hoy.
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En ese camino, su ex pareja tuvo un papel fundamental. “Mi ex pareja fue un refugio para mí y se hizo cargo de mí cuando no tenía por qué hacerse cargo”, cuenta.
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Desde entonces, intenta reconstruirse de a poco, pieza por pieza. No presenta ese recorrido como algo sencillo ni como una etapa completamente cerrada. Habla de años de trabajo personal y de la necesidad de encontrar un sentido en lo vivido.
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Hoy quiere desarrollar un taller para hablar de las identidades violentadas, una propuesta que contempla la violencia de género y otras formas de vulneración. Cuenta que está evaluando la formación de profesionales y terapeutas para construir un espacio responsable, que pueda acompañar a otras personas sin reproducir los daños que él conoció.
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“Esto es para los demás, pero también lo necesito para reconstruirme, para sanar”, explica.
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Pholo Echeverría, ganador del Premio Rony en los Corsos Populares
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Su activismo también se expresa en la participación colectiva. Frente a los prejuicios y a una historia en la que aprendió a esconderse, reivindica la posibilidad de ocupar el espacio público, compartir la lucha con otras personas y reclamar desde la alegría.
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“A muchos los incomodamos y de eso se trata, porque la sociedad tiene que saber que existimos, y que ahí estamos”, afirma.
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Una fe que no lo expulsa
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Hay una dimensión de su historia que vuelve especialmente compleja cualquier lectura simplista: Pholo no renunció a su fe cristiana.
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Después de haber vivido experiencias que vincula con la utilización de la religión para reprimir su identidad, encontró otra manera de relacionarse con Cristo. Para él, la espiritualdad ya no está asociada a la idea de que debe corregirse para ser aceptado.
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“A mí me salvó Cristo porque él sí me ama tal cual soy. Él me acepta y yo siempre lo llevo conmigo”, dice.
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Y agregó: “No crean que la fe expulsa a las personas homosexuales. Eso dicen las personas que quieren entender la religión para su conveniencia. Cristo nos ama a todos”.
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Su testimonio cuestiona la idea de que una persona deba elegir necesariamente entre su orientación sexual y sus creencias. También recuerda que las experiencias religiosas son diversas y que ninguna interpretación debería justificar la violencia o la discriminación.
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Pholo todavía tiene proyectos, preguntas y un camino personal por delante. Quiere que lo vivido sirva para acompañar a quienes hoy sienten que su identidad es un obstáculo para recibir amor o pertenecer a una familia.
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Para finalizar la entrevista, Pholo lanzó una frase que resume el dolor, pero también la dimensión humana de su historia: “En el infierno que yo habité, no había fuego, no había fantasmas, no había demonios: había personas que yo amaba y mucho”.
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No es solamente una frase sobre el pasado. Es una advertencia sobre lo que puede ocurrir cuando el amor queda condicionado a cumplir determinadas expectativas y cuando una identidad se convierte en algo que otros creen tener derecho a corregir.
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El Nunca Más
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Desde una mirada de revisión del pasado, Pholo pidió pensar y reivindicar a los psicólogos y psicólogas que fueron perseguidos en los años ‘70.
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En la época de la Dictadura Militar, algunos fueron secuestrados y desaparecidos; otros terminaron exiliados, y otros financiados por el Conicet, para reforzar los pensamientos también que los militares necesitaban “normalizar” para actuar sobre el pueblo. Entonces, dijimos “Nunca más”, pero “ellos merecen su rincón también. Y también los diversos que fueron violentados en ese momento, que fueron muchos.
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De esto no se habla y yo siento que ellos necesitan ese lugar también, esa verdad. Saber también nosotros cuánto perdimos también…”, concluyó Pholo.
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LA ENTREVISTA COMPLETA
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Qué dice la Comunidad Científica
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La Organización Mundial de la Salud (OMS) y otras organizaciones sanitarias internacionales consideran que las llamadas “terapias de conversión” o de reorientación sexual carecen de base científica, son ineficaces y representan una grave amenaza para la salud y los derechos humanos.
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Según expresan, las terapias de reconversión tienen una total falta de sustento científico debido a que la OMS eliminó la homosexualidad de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) en 1990 determinando que la diversidad sexual es una variación natural de la sexualidad humana y no un trastorno mental o enfermedad que requiera «cura».
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Además, señalan que son prácticas perjudiciales y califican estos métodos como pseudocientíficos.
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En tanto, organizaciones como la Organización Panamericana de la Salud (OPS) —oficina regional de la OMS— han emitido declaraciones advirtiendo que los supuestos «esfuerzos para cambiar la orientación sexual» no tienen justificación médica y vulneran la ética profesional.



