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04/04/2026

Gualeguaychú en la Dictadura: ¿Qué hay detrás de los muros de la UP2?

POR MÓNICA FARABELLO

 

Se trata de uno de los edificios históricos más antiguos de la ciudad. Su construcción comenzó en 1888 y su inauguración se dio en 1891; es decir, previo a la Estación de Trenes, el Colegio Nacional y hasta el Teatro.

 

La Dictadura Cívico Eclesiástica y Militar de 1976, dejó una profunda huella entre aquellas paredes. El profesor de historia Ignacio Journé y el ex intendente Daniel Irigoyen fueron quienes encabezaron la visita por la Unidad Penal, un encuentro que fue promovido por el Círculo de Trabajadoras Sociales de la ciudad.

 

Para entender en lo profundo cada testimonio, debemos situarnos en los años previos al golpe militar. Muchos militantes políticos comenzaban a ser detenidos y trasladados a las cárceles de las distintas ciudades del país. Su situación era distinta a la que vendría después.

 

 

Ellos estaban detenidos bajo una ley; recibían visitas de sus familiares y en la Argentina reinaba una frágil democracia. En esta cárcel históricamente de hombres, también hubo mujeres de la ciudad. Hubo embarazadas y hasta nacimientos en este cruel contexto de detención.

 

La consigna era clara, dijo Daniel Irigoyen, ex intendente de Gualeguaychú y ex detenido de la Dictadura: “Lo que buscaban era descabezar a la dirigencia política, sindical y barrial. Entonces, todos los que estaban presos, la mayoría eran o delegados sindicales, o dirigentes políticos o presidentes de comisiones vecinales. Si bien estaban amparados por la ley, en esa ley también se decía que te podrían tener 5 años sin explicarte nada. Entonces lo que se buscaba era infundir el miedo. Descabezaban a las dirigencias y los demás lo tomaban como una advertencia”.

 

Journé explicó que el golpe del 76 viene a dar un punto de inflexión en estas detenciones que tenían un marco de legalidad y comienzan más “prácticas arbitrarias por parte del Estado”.

 

Dentro de la cárcel, el objetivo de los militares “era mantener a la gente tranquila”, dijo Irigoyen mientras miraba uno de los enormes patios internos de la Unidad Penal. En ese sentido, explicó que separaban a los homosexuales para que no fueran agredidos por otros internos “y que haya paz; aunque para mantener la tranquilidad, los dormían, les daban pastillas”.

 

Irigoyen recordó su paso por la Unidad Penal como un momento intenso de su vida. Con apenas 26 años pasó por momentos de soledad, de acompañamiento y solidaridad con compañeros detenidos, y hasta de desesperación por no saber qué iba a pasar.

 

 

En una de las celdas narró momentos compartidos y recordó a Enrique Guastavino y a Jaime Martínez Garbino, entre otros gualeguaychuenses.

 

“Enrique Guastavino sigue desaparecido. Él había sido liberado en agosto de 1975; recupera la libertad, pero cuando continúa su militancia, es secuestrado días antes del golpe de Estado, en febrero de 1976, en Santa Fe. Él es uno de los 37 detenidos desaparecidos de Gualeguaychú”, recordó Daniel en la recorrida histórica por la cárcel.

 

Para entender el contexto social y político, hay que sumar la pata cristiana. “Muchísimos de los militantes de la época, tenían su origen en el cristianismo. Nosotros estábamos atravesados por el Concilio Vaticano II, y muchos militantes cristianos pasaron a ser militantes políticos, porque los mismos curas se volcaron a la política, porque decían que vivir el cristianismo era militar políticamente”, recordó Irigoyen, quien contó sus raíces como seminarista palotino junto a Guastavino.

 

Al día de hoy, no se han recuperado los restos de Enrique Gustaavino, aunque según contó Irigoyen “sabemos que terminó preso y después fue asesinado, porque se encontraron fotos, donde lo muestran muerto en una fosa”.

 

Infundir el miedo como metodología de control

Irigoyen aclaró que, aunque la vida dentro de la cárcel era difícil, ellos se las ingeniaban para para pasar el día ocupados y que la monotonía no ocupe sus horas.

 

“Llegábamos a la noche cansados porque pasábamos el día haciendo cosas; hacíamos manualidades, había compañeros que sabían cocinar; buscábamos la manera de comunicarnos con el exterior”, relató, y agregó que “dentro de la Unidad Penal de Gualeguaychú no había una sala de torturas. Había celdas de castigo como hay en todas las cárceles, pero cuando te trasladaban a Paraná, ahí sabías que la ibas a pasar mal”.

 

Además, recordó que en la ciudad, algunos presos políticos eran trasladados a un campo cercano a la zona del aeródromo y ahí sí sufrieron golpes y torturas de todo tipo. “Cuando volvían a la cárcel, los dejaban unos días separados de todos, hasta que se recuperaban un poco”, dijo.

 

En cambio, cuando Irigoyen fue trasladado a Paraná, la realidad fue otra: Encapuchado, golpeado y hasta torturado con electricidad sobre su cuerpo.

 

“Pido perdón si a alguien le molesta escuchar este relato, pero a la tortura hay que ponerla en palabras para que se entienda… a nosotros querían hacernos cargo de muertes que no cometimos porque en esos tiempos nosotros ya estábamos presos.

 

A mi me encapucharon y hasta se me dificultaba respirar; después un Comisario entrerriano de apellido Conde. Él quería que supiéramos que estaba detrás de todo esto. Nos ponía el papel para que firmáramos algo que no podíamos leer. Después de tantos intentos con la capucha, pude ver que en el escrito tenía que inculparme a mi y a mis compañeros por distintas muertes, por tener armas y un montón de cosas que no eran ciertas. Me negué a firmar. Terminé atado en una cama de metal. Me pusieron cables en las zonas más sensibles de mi cuerpo como los genitales, las tetillas y las axilas. Con una batería de auto me daban electricidad. Fue la primera y única vez que sentí lo que es no tener control sobre tu cuerpo”.

 

El silencio en el espacio de la Memoria de la Unidad Penal 2 era total. Hombres y mujeres de distintas edades escuchábamos y acompañábamos a Daniel en su relato, a 50 años de aquel horror.

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